No somos indecisos: somos peligrosamente independientes
Hay una cosa que siempre me ha parecido fascinante: lo rápido que algunos ciudadanos se convierten en portavoces voluntarios —y gratuitos— de los partidos políticos. No sé en qué momento la gente empezó a repetir como papagayos los mismos eslóganes que escuchan en la radio o en la televisión, sin un solo gramo de pensamiento propio. Es una especie de coreografía nacional del automatismo mental. Basta con que Ayuso diga “la izquierda destruye” para que miles de personas se pongan a repetirlo como si recitaran el Padrenuestro. Y si Sánchez dice “la derecha saquea”, automáticamente se activa el coro contrario, sin que nadie se pregunte ni un segundo si lo que está diciendo tiene algún sentido real para su vida. Son como animadoras de un partido de fútbol, pero sin sueldo. Y ahí estamos algunos —pocos, pero existimos— que miramos este espectáculo con una mezcla de asombro, ironía y cierto entretenimiento antropológico. Porque sí, hay una minoría social que no se identifica con ninguna ban...