A los que están llegando
He tardado setenta años en aprender algo que nadie me enseñó: que tengo derecho a quererme.
No lo digo como conquista heroica ni como revelación mística. Lo digo como alguien que durante décadas midió su valor en lo que producía, en lo que generaba, en lo que aportaba económicamente a su familia. Mientras eso funcionaba, funcionaba todo. Cuando se torció un poco, descubrí con sorpresa que debajo de la máquina había un ser humano que llevaba años esperando ser visto.
Y ese ser humano no estaba tan mal.
A los que estéis cerca de este punto, o ya en él, quiero deciros algo sencillo: ya no tenéis que cumplir. Con nadie. Ni en los negocios, ni en la familia, ni siquiera en la cama. Nadie espera nada de vosotros que vosotros no queráis dar libremente. Y esa libertad, si la dejáis entrar, es la mejor noticia que os han dado en mucho tiempo.
El error que veo en muchos hombres, sobre todo hombres, es confundir el valor propio con la capacidad de producir. Es un modelo que funciona un tiempo. Pero es frágil. Porque el día que la máquina falla, o simplemente se cansa, te quedas sin identidad. Y eso duele más que cualquier fracaso económico.
Lo que nadie te cuenta es que al otro lado de ese miedo hay algo mucho mejor.
No se trata de retirarse ni de bajar la guardia. Se trata de cambiar el motor. Dejar de hacer las cosas para que te quieran y empezar a hacerlas porque disfrutas haciéndolas. La diferencia parece pequeña. No lo es. Es la diferencia entre la esclavitud y la libertad.
Yo hoy disfruto. Disfruto con mis proyectos, con mis nietos, con mi moto, con la gente que me importa. No porque necesite su aprobación sino porque me hace feliz verles bien. Esa es la vuelta completa al círculo: la felicidad propia no viene de que te cuiden sino de disfrutar cuidando, desde la libertad, sin miedo, sin obligación.
Casi todo depende de cómo mires la vida.
Y una cosa más, porque no quiero que me malinterpretéis. No estoy hablando de convertirte en anacoreta. Si disfrutas ganando dinero, gánalo. Si eres feliz regalándolo, regálalo. Si te gusta el lujo, el lujo. Si te basta con poco, con poco. No hay modelo correcto. Hay vida auténtica y vida prestada. Elige la tuya.
Y sí, te vas a morir. Todos. Pero tampoco tengas prisa en eso. Muérete cuando toque, sin prisas, rodeado de sonrisas.
Y a esta edad, si has vivido con honestidad y te has equivocado con honestidad, tienes todo el derecho del mundo a mirarla bien.
Disfruta. Sé libre. Vive lo que te hace feliz.
Ya te lo has ganado.
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