A los que están llegando
He tardado setenta años en aprender algo que nadie me enseñó: que tengo derecho a quererme. No lo digo como conquista heroica ni como revelación mística. Lo digo como alguien que durante décadas midió su valor en lo que producía, en lo que generaba, en lo que aportaba económicamente a su familia. Mientras eso funcionaba, funcionaba todo. Cuando se torció un poco, descubrí con sorpresa que debajo de la máquina había un ser humano que llevaba años esperando ser visto. Y ese ser humano no estaba tan mal. A los que estéis cerca de este punto, o ya en él, quiero deciros algo sencillo: ya no tenéis que cumplir. Con nadie. Ni en los negocios, ni en la familia, ni siquiera en la cama. Nadie espera nada de vosotros que vosotros no queráis dar libremente. Y esa libertad, si la dejáis entrar, es la mejor noticia que os han dado en mucho tiempo. El error que veo en muchos hombres, sobre todo hombres, es confundir el valor propio con la capacidad de producir. Es un modelo que funciona un tiempo. Pe...