Tu voto no es de ellos. Es tuyo.
Fíjate en el diagrama. Dos ejes, cuatro cuadrantes. Ahora sitúate.
El primero: ¿eres más de derechas o de izquierdas? No el partido, tú. Tus valores. Si te preocupan más las injusticias que las tradiciones, si crees que hay cosas que cambiar en este país, estás a la izquierda del eje. Del 0 al 10, ponle número.
El segundo eje: ¿cómo de libre eres respecto a los partidos? Si eres militante o te sientes profundamente identificado con uno, estás en el 0. Si has votado a varios, si ninguno te representa del todo, si puedes ver algo bueno y algo malo en casi todos, estás cerca del 10.
Ahora mira dónde has caído.
Si eres ideológicamente de izquierdas y estás cerca del 10 en el segundo eje, enhorabuena: tienes criterio propio. Eres exactamente el tipo de ciudadano que los partidos temen y necesitan a la vez.
Si estás cerca del 0, tengo una pregunta incómoda para ti: ¿eres político profesional? ¿Vives de la política? Si la respuesta es no, algo no cuadra. Porque estar en el 0 tiene una lógica perfecta si tu supervivencia depende del partido. Pero si eres un ciudadano normal, ese nivel de identificación tribal con una organización que tiene sus propios intereses, que no siempre coinciden con los tuyos, merece al menos una reflexión.
Los políticos siempre están en el 0. Por definición. No es un juicio moral, es una consecuencia estructural. Su carrera, su sueldo, su influencia, dependen de que el partido sobreviva y crezca. Eso les obliga a poner al partido por delante, aunque no lo admitan en público.
Ahora viene lo interesante.
Esta semana Gabriel Rufián ha lanzado una propuesta para unir a toda la izquierda. Suena bien, ¿verdad? Unidad, frente común, ganar provincia a provincia a VOX. El problema es que los propios datos demuestran que su propuesta no está pensada para maximizar los escaños de la izquierda, sino para reposicionar a ERC dentro del tablero político. La unidad que de verdad importa electoralmente es la de Sumar y Podemos, que representan al mismo electorado y se destruyen mutuamente presentándose por separado. Eso Rufián lo sabe. Pero no es lo que propone.
¿Por qué? Porque Rufián no está jugando tu partida. Está jugando la suya.
Y aquí aparece el fenómeno más interesante de la política española actual, que casi nadie ha nombrado con claridad: hay ciudadanos ideológicamente de izquierdas que votan a VOX. No por confusión. No por ignorancia. Sino porque han llegado a una conclusión perfectamente coherente desde dentro: la izquierda institucional ha traicionado a los de abajo. Se ha convertido en el partido del funcionario, del universitario progre, de las élites culturales que hablan de justicia social desde apartamentos de 300.000 euros. Y VOX, al menos, rompe. Cabrea a los que me cabrean a mí.
Es el mismo mecanismo que llevó a obreros del midwest americano a votar a Trump. No es una contradicción, es una rabia legítima con un destino equivocado.
Y cada vez que la izquierda hace una maniobra como la de Rufián, le regala más votantes a VOX. Porque el ciudadano progresista que lo ve piensa: están jugando al ajedrez con mis problemas.
Entonces, ¿qué haces tú?
Si estás arriba en el eje de autonomía y a la izquierda en el eje ideológico, tienes una responsabilidad que va más allá de marcar una papeleta. Tienes que exigir que te la ganen. No dársela porque sí. No abstenerte por pereza o decepción, que es el regalo más grande que puedes hacerle a quien no quieres que gane.
Tu voto vale exactamente lo mismo si lo regalas que si lo vendes caro.
Los partidos están abajo. Los ciudadanos deberían estar arriba. Tú decides en qué cuadrante vives.
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