No somos indecisos: somos peligrosamente independientes

Hay una cosa que siempre me ha parecido fascinante: lo rápido que algunos ciudadanos se convierten en portavoces voluntarios —y gratuitos— de los partidos políticos. No sé en qué momento la gente empezó a repetir como papagayos los mismos eslóganes que escuchan en la radio o en la televisión, sin un solo gramo de pensamiento propio. Es una especie de coreografía nacional del automatismo mental. Basta con que Ayuso diga “la izquierda destruye” para que miles de personas se pongan a repetirlo como si recitaran el Padrenuestro. Y si Sánchez dice “la derecha saquea”, automáticamente se activa el coro contrario, sin que nadie se pregunte ni un segundo si lo que está diciendo tiene algún sentido real para su vida. Son como animadoras de un partido de fútbol, pero sin sueldo.

Y ahí estamos algunos —pocos, pero existimos— que miramos este espectáculo con una mezcla de asombro, ironía y cierto entretenimiento antropológico. Porque sí, hay una minoría social que no se identifica con ninguna bandera, que no necesita jurar fidelidad a ningún líder ni defender a capa y espada al político de turno. Esa minoría somos los que pensamos por nuestra cuenta. Los que podemos decir que Sánchez un día hace algo sensato y al siguiente una barbaridad, y lo mismo con Ayuso o con quien sea. Nos reservamos el derecho de juzgar cada caso sin pedir permiso, sin someter nuestra dignidad intelectual al carnet del partido.

Pero claro, en las encuestas nos llaman indecisos. Ese término insultante y perezoso, inventado por sociólogos que no saben qué hacer con alguien que no cabe en sus cajitas prefabricadas. “Indecisos”. Como si fuéramos niños que no saben elegir un helado. Como si no votar automáticamente por defecto a un bando equivaliera a carecer de opinión. No somos indecisos. Somos independientes. Y, en muchos casos, somos extremadamente decididos: decidimos no ser marionetas.

Porque hay que decirlo: lo verdaderamente ridículo no es ser independiente. Lo ridículo es ver a alguien defender con pasión algo que ni entiende ni le aporta nada. Como el electricista que repite indignado un discurso de Sánchez como si estuviera defendiendo su propia empresa; o el empresario que cita a Ayuso como si ella pagara sus facturas. Señores: ninguno de esos políticos está pensando en ustedes. Están pensando en sí mismos. En sus sueldos. En su puesto. En mantenerse donde están. Y sin embargo ahí fuera hay millones de aficionados voluntarios defendiendo a sus ídolos políticos como hooligans.

Nosotros no. Nosotros elegimos pensar. Elegimos no alinearnos. Elegimos la libertad intelectual. Eso no nos hace indecisos. Nos hace peligrosamente independientes.

No somos mayoría, ni falta que hace. Somos una minoría que no grita consignas, pero que piensa. Y cuando decide, decide con criterio propio, no recitando un eslogan ajeno.

Así que, a todos los etiquetados como “indecisos”: bienvenidos. Somos pocos, pero somos mejores que muchos.

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