Los que ya lo sabían
En Sarmacia, algunos hombres ya sabían que el presidente Viktor iba a ser detenido.
No muchos. Quizá veinte personas en todo el país. Tal vez treinta. Funcionarios de alto nivel, magistrados, un puñado de policías con responsabilidades muy específicas. Gente que no había buscado saberlo, pero que lo sabía porque alguien tiene que saber estas cosas cuando ocurren.
Y esto iba a ocurrir.
Sarmacia es un país pequeño de Centroeuropa. Moderno en su apariencia, con edificios de cristal en la capital y una democracia que durante décadas funcionó con la eficiencia tranquila de los países que han aprendido de sus errores históricos. No es un país donde pasen cosas dramáticas. O no lo era.
Viktor llevaba casi una década en el poder. Había llegado con promesas de regeneración, con un discurso que conectaba con la gente joven y con la capacidad de explicar problemas complejos de forma sencilla. Era carismático, inteligente, y sabía moverse en los pasillos del poder europeo con la soltura de quien ha entendido cómo funciona realmente el mundo.
Pero llevaba meses rodeado de escándalos. Primero fueron rumores. Luego filtraciones. Después, documentos. El caso tenía que ver con corrupción, con contratos públicos, con dinero que había ido a lugares donde no debía ir. Viktor lo había negado todo, una y otra vez, con la misma convicción con la que antes había prometido cambiar el país.
Y durante mucho tiempo, la estrategia funcionó. Sus seguidores le creyeron. Los medios afines le defendieron. Los que le atacaban eran acusados de conspiración, de odio político, de querer destruir la democracia.
Pero esta vez algo era diferente. Esta vez, el caso había llegado demasiado lejos. Había pruebas. Había testimonios. Y sobre todo, había jueces que no iban a detenerse.
Fue el jefe de Estado Mayor de la Casa Real quien recibió primero la información. Una llamada discreta desde el Tribunal Supremo. Una conversación de cinco minutos en la que se dijeron muy pocas palabras, pero todas importantes.
El Rey no durmió esa noche. Llamó a dos personas. Les dijo solo una cosa:
"Que nada se rompa."
Tenía sobre su escritorio una lista. Cuatro nombres. Tres eran jefes de Estado extranjeros. Países aliados, socios europeos que necesitaban saber que Sarmacia seguía siendo un Estado de derecho, que esto no era un golpe, que las instituciones funcionaban. El cuarto nombre era el presidente del Parlamento.
Haría esas llamadas en cuanto ocurriera. No antes. No podía permitirse que se filtrara. Pero tampoco podía permitirse que esos líderes se enteraran por las agencias de noticias.
Pero antes de intentar dormir, hizo una llamada más. Una que no estaba en ninguna lista oficial.
Luis contestó al segundo tono. Era casi medianoche, pero los ex-presidentes no se sorprenden cuando el Rey llama a horas raras.
"Majestad."
"Luis, necesito que estés preparado."
Hubo un silencio. Luis había sido presidente quince años atrás. Del mismo partido que Viktor. Había dejado el poder con dignidad, había construido una reputación de estadista, de hombre que entendía que hay cosas más importantes que el partido. Pero seguía siendo del partido. Y eso importaba.
"¿Cuándo?", preguntó Luis.
"Pronto."
"¿Está seguro de que es inevitable?"
"Sí."
Otro silencio.
"Va a ser muy difícil, Majestad. Para el país. Para el partido. Para todos."
"Lo sé. Por eso te llamo. Cuando pase, necesito que ayudes a que esto no se convierta en una guerra. Tu gente te escuchará. Algunos, al menos."
Luis sabía lo que le estaban pidiendo. Que fuera el puente. Que hablara a los que iban a sentir que les arrancaban algo. Que explicara que un país no puede funcionar si el presidente está por encima de la ley, aunque sea de tu partido. Que la democracia a veces duele, pero que duele más perderla.
"Haré lo que pueda", dijo Luis. "Pero usted sabe que a mí también me van a crucificar por esto."
"Lo sé", respondió el Rey. "Y te lo agradezco."
Colgaron. El Rey miró por la ventana. Luis se sirvió un whisky que no iba a beberse.
Porque ése era el problema. Sarmacia no tenía un protocolo para esto. Nunca había detenido a un presidente en ejercicio. Nadie sabía exactamente cómo hacerlo sin que el país entero se tambaleara.
No era solo una cuestión legal. Era institucional, política, emocional. Era un agujero negro en el manual de instrucciones del Estado.
El Rey sabía que, ocurriera lo que ocurriera, algunos le culparían a él. Los partidarios de Viktor dirían que el Estado había conspirado. Los opositores dirían que había tardado demasiado en intervenir. Y él, que constitucionalmente no podía hacer nada más que firmar lo que otros decidían, cargaría con el peso simbólico de lo que estaba a punto de pasar.
Era injusto. Pero así funcionaba la jefatura del Estado en las democracias modernas: responsabilidad sin poder, simbolismo sin decisión.
En el Tribunal Supremo, tres magistrados llevaban semanas reuniéndose a horas extrañas. No podían usar sus despachos habituales. Las filtraciones eran constantes. Todo se sabía antes de tiempo.
Uno de ellos, el más veterano, había servido al Estado durante cuarenta años. Había firmado sentencias complicadas, había navegado crisis políticas, había sobrevivido a presiones de todo tipo. Pero nunca había firmado algo así.
"Si nos equivocamos", le dijo a sus colegas una noche, "se nos cae el país encima."
"Y si no hacemos nada", respondió otro, "también."
El problema no era solo jurídico. Técnicamente, el caso estaba claro. Las pruebas eran sólidas. El procedimiento, impecable. Pero detener a un presidente en ejercicio era cruzar una línea que ningún país cruza a la ligera.
Sabían que la mitad del país lo celebraría y la otra mitad gritaría golpe de Estado. Sabían que algunos de sus colegas magistrados, en privado, les dirían que habían hecho lo correcto, pero en público guardarían silencio. Sabían que sus nombres quedarían escritos en los libros de historia, y que nadie sabe cómo te juzgará la historia hasta que ya no estás.
En la Dirección General de la Policía, un pequeño grupo operativo había empezado a planificar. No podían involucrar a mucha gente. El riesgo de filtración era altísimo.
El comisario jefe, un hombre de cincuenta y tantos años que había pasado toda su vida sirviendo al Estado, se reunió con su segundo y con el responsable de seguridad.
"Tenemos que pensar en todos los escenarios", dijo. "Incluido el de que se niegue a abrir la puerta."
Nadie dijo nada durante unos segundos.
"¿Qué hacemos si hay resistencia?", preguntó alguien.
"No la habrá", respondió el comisario. "Viktor es muchas cosas, pero no es un idiota. Sabe que esto no es una película."
Pero todos sabían que, en el fondo, nadie lo sabía. Porque nunca había pasado.
En los Servicios de Inteligencia, dos personas tenían instrucciones muy precisas. Una de ellas era responsable de monitorizar cualquier movimiento inusual en las redes cercanas al presidente. La otra coordinaba con servicios extranjeros para asegurar que no hubiera malentendidos internacionales.
Habían recibido sus órdenes en una reunión sin acta. Sin documentos. Solo palabras dichas en voz baja en un despacho sin ventanas.
No era su trabajo opinar. Era su trabajo ejecutar. Pero los dos llevaban días sin dormir bien. Porque sabían que si algo salía mal, si había una filtración en el momento equivocado, si alguien interpretaba mal lo que estaba pasando, las consecuencias podían ser impredecibles.
En el mundo de la inteligencia estás acostumbrado a saber cosas antes que el resto. Pero esto era distinto. Esto era saber algo que cambiaría el país y no poder decírselo a nadie. Ni siquiera a tu familia.
En el Gobierno, algunos ministros habían empezado a notar que algo no iba bien. No sabían exactamente qué, pero lo notaban. Viktor había cancelado reuniones. No devolvía llamadas. En los pasillos del palacio presidencial, la tensión se masticaba.
Uno de los ministros más leales, un hombre que había estado con Viktor desde el principio, se encontró una noche mirando su teléfono, pensando si debía llamarle para preguntarle directamente qué estaba pasando.
No lo hizo.
Porque en el fondo, tenía miedo de la respuesta. O peor aún, tenía miedo de que Viktor le pidiera que hiciera algo que no podría hacer.
En la calle, la gente no sabía nada concreto. Pero algo flotaba en el aire. Conversaciones en los cafés. Mensajes en redes sociales. Rumores que nadie podía confirmar pero que todos repetían.
"Dicen que esta vez sí."
"Dicen que viene algo gordo."
"Dicen que hay gente que ya lo sabe."
La noche antes, Viktor cenó solo en su residencia oficial. Había despedido al equipo temprano. No quería ver a nadie.
Miró por la ventana hacia la ciudad iluminada. Miles de personas viviendo sus vidas normales, sin saber que al día siguiente su país cambiaría para siempre.
Se preguntó si lo sabían. Si ese círculo del que tanto se hablaba realmente existía. Si en algún despacho, en alguna sala de reuniones, había gente planeando lo que iba a pasar.
Se preguntó si el Rey lo sabía. Si había hablado con alguien. Si había dado alguna instrucción.
Se preguntó si alguno de sus ministros ya había empezado a distanciarse.
Se preguntó si, al final, cuando ocurriera, alguien le explicaría cómo era posible que en una democracia moderna se pudiera llegar a esto.
Pero nadie se lo explicaría. Porque en Sarmacia, como en cualquier otro país, algunas cosas solo se entienden cuando ya han pasado.
Al día siguiente, muy temprano, un coche oficial salió de la Dirección General de la Policía. Llevaba tres personas. Nadie dijo nada durante el trayecto.
En el Tribunal Supremo, un magistrado firmó un documento. Lo hizo despacio, consciente de que ese gesto quedaría fotografiado en algún libro de historia.
En la Casa Real, el jefe de Estado Mayor esperaba junto al teléfono. El Rey tenía la lista delante.
Y en miles de hogares de Sarmacia, la gente desayunaba sin saber que ese día recordarían para siempre dónde estaban cuando se enteraron.
Porque en Sarmacia, algunos hombres ya lo sabían.
Pero el país aún no.
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