Venezuela: Cuando la cura es peor que la enfermedad
Escribo esto desde un avión, volando de Madrid a Lanzarote, pensando en mi amigo César y en todos los venezolanos que sufren. Pero precisamente por ellos, necesito decir esto.
Para muchas personas, especialmente para los venezolanos exiliados, Chávez y Maduro han sido personajes nefastos. Tengo buenos amigos venezolanos, muchos exiliados, y especialmente un gran amigo, César, al que admiro profundamente. Les han hecho sufrir mucho, perder buena parte de lo que tenían y vivir situaciones muy dolorosas con sus familiares y amigos.
Por eso es difícil hacerles entender, respetando sus sentimientos, que no cualquier solución para Venezuela es buena. Que muchas veces lo que parece una solución a corto plazo es una condena a largo. No les podemos pedir a ellos que se mantengan serenos y fríos ante unos acontecimientos que tanto les afectan.
Pero los demás sí tenemos la obligación de mantenernos fríos y sensatos. La historia nos ha demostrado lo difícil que es recuperar el imperio de la ley cuando nos la saltamos, aunque sea por una causa justa. No es fácil volver a meter la pasta de dientes en el tubo cuando se nos sale.
Por despreciable que nos parezca Maduro y su régimen, por antipáticos que me sean los amigos españoles del chavismo, por repugnante que nos resulten las relaciones de algunos políticos con el narcotráfico, no podemos sucumbir a la tentación de parar el desorden con desorden ni la injusticia con ilegalidad.
El rastro de sangre: un historial que no podemos ignorar
Estados Unidos lleva toda su historia sembrando muerte y dolor por el mundo con la excusa de aportar democracia y justicia cuando en realidad solo buscaban su beneficio económico y poder para conseguir más beneficio económico. No podemos, una vez más, creer en su propaganda y no ver las desgracias que vienen detrás.
Empecemos por lo que nunca debemos olvidar: las únicas dos bombas atómicas lanzadas contra población civil en la historia de la humanidad. Hiroshima, el 6 de agosto de 1945: 140.000 civiles muertos. Nagasaki, el 9 de agosto: 70.000 más. Un total inmediato de 210.000 seres humanos incinerados en segundos, más decenas de miles que murieron en los años posteriores por la radiación. Y todo esto cuando Japón ya estaba militarmente derrotado y la Unión Soviética acababa de entrar en guerra contra ellos.
Y a partir de ahí, la lista sigue:
En Asia: Corea (1950-53), con 2 a 3 millones de civiles muertos. Vietnam (1955-75), con 2 millones de civiles vietnamitas asesinados, más los de Cambodia y Laos por los bombardeos masivos. Laos se convirtió en el país más bombardeado per cápita de la historia. Aún hoy, en 2025, siguen muriendo niños por bombas sin explotar.
En Latinoamérica: Guatemala (1954), donde el golpe contra Arbenz desembocó en una guerra civil con 200.000 muertos. República Dominicana (1965), con invasión militar y 3.000 muertos. Nicaragua en los años 80, donde la financiación de los Contras provocó 30.000 muertos. El Salvador en la misma década, donde el apoyo a la dictadura costó 75.000 vidas. Granada en 1983. Panamá en 1989, con cifras que van de 500 a 3.000 muertos según la fuente.
En Oriente Medio: Irak, con dos guerras (1991 y 2003-2011) más las sanciones intermedias, provocando entre 500.000 y un millón de muertos. Afganistán (2001-2021), con 46.000 civiles documentados y un país en ruinas absoluta. Libia (2011), donde la intervención convirtió un estado funcional en un estado fallido donde en 2025 existe esclavitud abierta. Siria, donde la financiación de diversos grupos ha contribuido a una guerra civil con más de 500.000 muertos.
Muchos ciudadanos lo han probado en su propia carne. Esta no es retórica, son millones de muertos reales, familias destrozadas, países convertidos en infiernos.
Chile 1973: cuando "solucionar" el problema lo empeoró todo
Pero detengámonos en un caso que nos toca especialmente cerca, porque ilustra a la perfección la tragedia de las intervenciones estadounidenses: Chile en 1973.
Salvador Allende era "el problema" según Estados Unidos. Un socialista democráticamente elegido que nacionalizaba el cobre y se acercaba a Cuba. La solución fue orquestar un golpe militar. Llegó Augusto Pinochet como "salvador". Y entonces empezó el verdadero horror.
Los números son escalofriantes: más de 3.200 personas ejecutadas o desaparecidas según la Comisión Rettig. Cerca de 38.000 torturados documentados por la Comisión Valech. Cientos de miles de exiliados que tuvieron que huir de su propio país.
Pero lo peor no son solo los muertos de aquellos 17 años de dictadura. Lo peor es la resaca que aún dura medio siglo después.
La Constitución impuesta por Pinochet en 1980 estuvo vigente hasta 2022. Cuando intentaron escribir una nueva, el pueblo la rechazó. Cincuenta años después de la intervención, los chilenos siguen sin poder cerrar esa herida.
El sistema de pensiones privatizado que impuso Pinochet sigue generando protestas masivas. Los jubilados cobran miserias mientras las AFP se enriquecen. El modelo económico de Pinochet nunca se revirtió del todo, convirtiendo a Chile en uno de los países más desiguales de la OCDE.
En octubre de 2019, un millón de personas salieron a las calles de Santiago. No fue solo por el aumento del metro. Fue por décadas de rabia acumulada, de un modelo social que sigue siendo el que impuso un dictador hace cincuenta años. Y hoy, en 2025, mencionar a Pinochet sigue dividiendo familias. La sociedad chilena no ha cerrado esa cicatriz.
Estados Unidos "solucionó" a Allende en 1973. Chile sigue pagando el precio cincuenta años después.
El regalo envenenado: Pinochet como coartada perpetua
Pero el verdadero desastre de la intervención estadounidense en Chile va mucho más allá de los 3.200 muertos y las décadas de sufrimiento chileno. Estados Unidos no solo destruyó un país: regaló a la izquierda autoritaria latinoamericana su mito fundacional para los siguientes cincuenta años.
Cada vez que Hugo Chávez concentraba poder en Venezuela, cada vez que los Castro justificaban su dictadura en Cuba, cada vez que Maduro reprime a su pueblo o que Ortega aplasta la disidencia en Nicaragua, la respuesta a cualquier crítica es la misma: "¿Prefieres un Pinochet?" La intervención de 1973 se convirtió en la coartada perfecta para todo exceso, para toda deriva autoritaria, para cada violación de derechos humanos cometida por la izquierda latinoamericana.
Y aquí está la trampa mortal: si Estados Unidos interviene hoy en Venezuela, no estará escribiendo el final de la historia de Maduro. Estará escribiendo el prólogo del próximo ciclo de autoritarismo. Estará creando el Pinochet de 2025 que justificará a los Maduros de 2045. No se trata solo de lo que le ocurra a Venezuela, sino de cómo se contamina toda la política latinoamericana durante las próximas generaciones.
Compasión versus empatía: la diferencia hispana
Un día escuché a José Antonio Marina decir algo precioso: lo que para los anglosajones es empatía, algo frío y distante, para nosotros es compasión, algo profundo y cálido. Nosotros no solo entendemos lo que siente el otro, lo vivimos con él.
Podemos y debemos sentir compasión por nuestros hermanos venezolanos, pero debemos mantener la racionalidad que ellos no pueden ni deben tener. Precisamente porque sentimos su dolor con ellos, tenemos el deber de protegerlos de las "soluciones" que harán ese dolor aún más profundo y duradero.
Una alternativa hispana: el camino difícil pero necesario
Defendamos la ley y la justicia, no la venganza y el desorden, a pesar de la propaganda interesada de unos y otros. Pero no basta con criticar las soluciones equivocadas. Hace falta construir alternativas reales.
Desde el Parlamento Global Hispano nos ofrecemos humildemente a contribuir en la articulación de esas alternativas. No tenemos "la solución" como pretenden tenerla los que históricamente han sembrado el desastre. Sabemos que necesitaremos muchos cerebros y muchos corazones para aportar algo valioso.
Pero sí tenemos una visión diferente: la de construir soluciones multilaterales hispanas basadas en el derecho internacional, no en la fuerza. La de entender que la compasión verdadera no es darle al otro lo que pide en su dolor, sino ayudarle a encontrar caminos que no multipliquen ese dolor.
Venezuela necesita una solución. Pero no cualquier solución es una solución. La historia nos grita esta lección con millones de voces de muertos que creyeron en las promesas de "liberación" estadounidenses.
Esta vez, por una vez, escuchémosla.
Certero diagnóstico. Solamente una Hispanidad unida puede poner freno al ansia de poder y riqueza de EEUU.
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