Sánchez: el espejo que no queremos ver
En julio de 2021 escribí un artículo cuyo mensaje central sigue siendo válido: usar a Pedro Sánchez como único culpable de los males de España solo sirve para ocultar las responsabilidades de todos los demás políticos. Era una forma educada de decir que Sánchez no era el único inepto, sino solo uno más en una larga lista de negligentes.
Han pasado casi cinco años y el mensaje necesita una actualización. Porque el problema real no es que Sánchez comparta la culpa con otros políticos. El problema real es que Sánchez es el espejo roto que usamos para no vernos a nosotros mismos.Es cómodo. Tremendamente cómodo. Mientras señalamos a Sánchez con el dedo, no tenemos que mirar nuestras propias complicidades. Mientras gritamos que Sánchez es el culpable de todo, no tenemos que preguntarnos qué papel jugamos cada uno de nosotros en esta farsa.
La pregunta incómoda
Por sentido común, es absurdo pensar que todos los males de un país como España son culpa de un señor. No me lo creo. Nunca me lo he creído.
¿Cuál es la culpa, por acción y por omisión, del PP? ¿Del resto de dirigentes del PSOE? ¿De la izquierda que se autodenomina alternativa? ¿De la derecha que se dice patriota? ¿De la élite empresarial? ¿De la juventud dormida? ¿Del Rey que mira al techo? ¿De los empresarios que protestan pero no actúan? ¿De los medios que venden circo? ¿De los ciudadanos que convertimos la política en fútbol?
Es cómodo tener a Sánchez como explicación de todo. Pero cuando se vaya —y en algún momento se irá— nos daremos cuenta de que nada cambia realmente. Y ese día no podremos seguir mintiéndonos.
El PP: la complicidad activa
Empecemos por el Partido Popular, que se ha especializado en señalar con el dedo mientras mantiene exactamente las mismas estructuras y vicios que critica. ¿Cuántas veces ha tenido el PP la oportunidad de hacer política de Estado y ha preferido hacer política electoral? ¿Cuántas reformas profundas ha bloqueado esperando que el PSOE se hunda solo para pescar en río revuelto?
El PP no quiere que Sánchez caiga por hacer las cosas bien. Quiere que Sánchez caiga para ocupar su sitio y seguir exactamente igual. Lo han demostrado cada vez que han gobernado: misma endogamia, mismas listas cerradas, misma disciplina de voto, mismos intereses de aparato.
No es oposición. Es turno de espera.
El PSOE sin Sánchez: la cobardía organizada
Y dentro del PSOE, ¿dónde está la disidencia? ¿Dónde están los barones con dignidad? ¿Dónde están los que dicen en privado que esto es insostenible pero callan en público porque les va bien la silla?
El PSOE sin Sánchez es un partido de cómplices silenciosos. Todos saben que esto va mal. Todos saben que se están cruzando líneas. Pero nadie se atreve a romper la disciplina porque el aparato devora a los disidentes y premia a los sumisos.
La cobardía organizada también es culpable.
Los empresarios: quejas sin acción
Los empresarios se quejan. Vaya si se quejan. En círculos privados, en cenas, en tertulias. Todos coinciden en que España va mal, que la política es un desastre, que necesitamos cambios profundos.
¿Y qué hacen? Nada. Absolutamente nada. Porque mientras sus negocios sigan funcionando, mientras puedan seguir extrayendo beneficios del sistema, ¿para qué arriesgarse? ¿Para qué implicarse en serio? ¿Para qué apostar por proyectos con propósito cuando se puede seguir jugando seguro?
Prefieren quejarse sin actuar que construir sin garantías. Y después se sorprenden de que nadie les tome en serio.
La juventud: el voto ausente
Los jóvenes tienen el poder de cambiar cualquier elección en España. Si votaran masivamente podrían dinamitar el sistema bipartidista en dos legislaturas. Pero no votan. O peor, cuando votan lo hacen con el mismo tribalismo tóxico que sus padres.
No hay pensamiento crítico. No hay exigencia real. Solo hay repetición de consignas, bandos heredados y desconexión profunda de la política. Y después se quejan de que los políticos no les representan.
Claro que no les representan. No les representan porque no les necesitan. Un votante que no vota o que vota por inercia tribal es un votante prescindible.
Los medios: el circo como modelo de negocio
Los medios de comunicación han convertido la política en espectáculo. No informan, entretienen. No analizan, polarizan. No educan, explotan.
Cada titular escandaloso sobre Sánchez les da clicks, audiencia, ingresos. Mientras tengamos un villano claro, no hace falta hacer periodismo serio. No hace falta investigar estructuras. No hace falta cuestionar el sistema.
Basta con darle carnaza a la tribu, confirmar sus prejuicios y cobrar por ello.
La élite: extracción sin construcción
Y la élite —la verdadera élite con poder económico, social e intelectual— ¿dónde está? ¿Dónde están los que tienen capacidad real de influir y cambiar las cosas?
Están extrayendo. Extrayendo beneficios del sistema sin construir nada a cambio. Están protegiendo sus posiciones sin arriesgar nada por el país. Están ocupados asegurando sus privilegios mientras todo se deteriora a su alrededor.
Como escribí en 2020 sobre otra pieza de este tablero, hay quienes tienen el poder de dar un guiño y no lo dan. Prefieren mirar al techo esperando que la tormenta pase sola.
El Rey: el silencio institucional
Hablando de guiños, el Rey también es cómplice. En 2020 escribí que sin guiño no habrá Rey. Seis años después el guiño no ha llegado. Solo silencio institucional.
Felipe VI podría elegir entre ser Felipe II o Alfonso XIII. De momento ha elegido la neutralidad cómoda. Ha decidido que su papel es decorativo, no activo. Que a reinar se llega sin llorar.
Pero cuando esto explote —y explotará— descubriremos si ese cálculo era correcto.
Los ciudadanos: política como fútbol
Y nosotros, los ciudadanos. Nosotros que convertimos la política en partido de fútbol. Nosotros que defendemos a nuestro equipo contra viento y marea aunque juegue mal. Nosotros que insultamos al árbitro pero nunca cuestionamos que el sistema esté diseñado para que siempre ganen los mismos.
Nosotros que preferimos tener razón que buscar la verdad. Nosotros que nos escandalizamos con lo que hace "el otro bando" pero justificamos exactamente lo mismo cuando lo hace el nuestro.
Nosotros también somos culpables.
La aritmética demoledora
Hagamos números. Si el PP tiene un 10% de culpa por complicidad activa, el resto del PSOE un 10% por cobardía, los empresarios un 8% por inacción, la juventud un 8% por abstención, los medios un 10% por convertir esto en circo, la élite un 10% por extraer sin construir, el Rey un 5% por silencio institucional y los ciudadanos un 15% por tribalismo...
Sánchez tiene menos del 50% de la culpa.
Y aquí viene lo demoledor: si cada uno de estos actores hiciera lo correcto, Sánchez saltaría por los aires. No haría falta campaña mediática. No haría falta moción de censura. No haría falta elecciones anticipadas.
Si el PP hiciera política de Estado, si el PSOE tuviera dignidad interna, si los empresarios construyeran en serio, si los jóvenes votaran con criterio, si los medios informaran con rigor, si la élite liderara con propósito, si el Rey diera el guiño, si los ciudadanos pensáramos críticamente...
Sánchez duraría tres meses.
El espejo que no queremos ver
Pero no lo hacemos. Preferimos seguir señalando a Sánchez. Preferimos tenerlo ahí como chivo expiatorio perfecto. Preferimos el espejo roto que nos permite no vernos.
Porque vernos implicaría reconocer nuestras complicidades. Implicaría admitir que somos parte del problema. Implicaría aceptar que cambiar esto requiere que cambiemos nosotros.
Y eso es mucho más incómodo que gritar "Sánchez dimisión".
Cuando Sánchez se vaya —y se irá— descubriremos que nada cambia. Porque el problema nunca fue solo Sánchez. El problema somos todos los que usamos a Sánchez como excusa para no hacer lo que nos toca.
Ese día, el espejo dejará de estar roto. Y no nos va a gustar lo que veamos.

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