El nuevo desorden internacional

Venezuela como pieza de un reparto global de poder

Nicolás Maduro ha sido trasladado a Estados Unidos. La narrativa oficial dirá "detenido". Las formas de la operación dicen otra cosa: salida pactada.

Antes de esto, el Secretario de Estado de Trump, Marco Rubio, negoció directamente con Delcy Rodríguez, vicepresidenta del régimen. Y Trump declaró abiertamente que Estados Unidos va a "administrar la venta del petróleo venezolano".

No hubo intervención militar. No hubo levantamiento popular. No hubo cambio de régimen por la fuerza.

Hubo una negociación. Y Maduro aceptó los términos.

Esto no es un episodio aislado de justicia internacional. Es geopolítica cruda. Y quien no lo vea así, no está mirando el tablero completo.

La hipótesis: un reparto explícito

Estamos ante un reparto explícito de zonas de influencia entre Estados Unidos, Rusia y China. No tácito. No implícito. Explícito, hablado y pactado.

El esquema es simple:

  • Estados Unidos → Venezuela

  • Rusia → Ucrania (o parte sustancial de ella)

  • China → Taiwán

Tres conflictos distintos. Una sola lógica: las grandes potencias han asumido que no pueden disputarlo todo simultáneamente y han optado por repartirse el tablero.

Venezuela: el primer movimiento del reparto

Lo que ha ocurrido en Venezuela confirma la tesis de forma contundente.

Estados Unidos no ha derrocado a Maduro. Lo ha comprado. Le ha ofrecido una salida —probablemente con inmunidad, protección, quizás incluso activos— y Maduro ha aceptado.

A cambio, Estados Unidos toma el control efectivo de Venezuela. No necesita instalar un gobierno democrático. No necesita elecciones. No necesita legitimidad popular. Solo necesita desplazar a China y Rusia del país y tomar el control de sus recursos.

Trump lo dijo sin eufemismos: "vamos a administrar la venta del petróleo venezolano". No dijo "ayudar al pueblo venezolano a recuperar su democracia". Dijo exactamente lo que va a hacer.

La oposición democrática no aparece

María Corina Machado no está en esta ecuación. Edmundo González tampoco. La oposición democrática venezolana —con años de lucha, con millones de votos, con legitimidad popular— ha sido completamente marginada de la operación.

¿Por qué? Porque no se trataba de democracia. Se trataba de control de recursos.

Y para eso, negociar directamente con el régimen era más eficiente que cambiar el régimen.

El pacto global se confirma

Los acuerdos de este calibre nunca se documentan en tratados públicos, pero se hablan. Se hablan en cumbres bilaterales, en canales diplomáticos de alto nivel que no dejan actas públicas.

¿Dónde están las pruebas documentales? No las habrá. Nunca las hay.

Pero la prueba está en las reacciones.

Rusia y China miran sin enfadarse

La reacción de Rusia ante el movimiento norteamericano en Venezuela ha sido llamativamente tibia. Declaraciones formales de respaldo al régimen, pero sin escalada real. Sin amenazas creíbles. Sin medidas concretas de contrapeso.

Rusia tenía inversiones importantes en Venezuela. Tenía personal militar en el país. Tenía una alianza estratégica con el régimen de Maduro. Y sin embargo, su reacción es puramente simbólica.

¿Por qué? Porque no les toca Venezuela. Rusia está concentrada en Ucrania. Su objetivo es consolidar el control territorial sobre el este ucraniano y sus recursos energéticos. Venezuela queda fuera de ese perímetro estratégico prioritario.

China ha sido aún más prudente. China tenía las inversiones más grandes en Venezuela. Controlaba sectores clave de la economía venezolana. Y su reacción ha sido medida, casi administrativa. Ninguna señal de confrontación real.

China está mirando a otro sitio: Taiwán. Y cuando llegue su momento —y llegará—, buscará su incidente, su justificación, su excusa para actuar.

El patrón se repite

Observen la secuencia:

  1. Primero actúa uno (Estados Unidos en Venezuela)
  2. Los otros emiten protestas formales (Rusia y China)
  3. La indignación es contenida
  4. No hay escalada real
  5. Cada uno sabe qué le toca

Eso no es desinterés. Es reconocimiento del reparto.

Si un jugador rompe las reglas del póker, la mesa se levanta. Si un jugador juega su mano dentro de lo pactado, los demás simplemente esperan su turno.

La narrativa decorativa

Estados Unidos seguirá hablando de democracia, derechos humanos, lucha contra el narcotráfico. Es la pantalla que coloca sistemáticamente delante de cualquier operación de control de recursos estratégicos. La hemos visto en Irak, en Libia, en múltiples intervenciones latinoamericanas.

Pero Trump, con su habitual desprecio por las formas diplomáticas, ha eliminado el decorado y ha mostrado el mecanismo: negociación directa con el régimen, salida pactada del líder, control del petróleo.

No es torpeza. Es claridad brutal.

Lo que viene ahora

Si esta lectura es correcta —y los hechos apuntan cada vez más claramente a que lo es—, lo que viene no depende de Venezuela. Venezuela ya ejecutó su parte.

Ahora depende de quién será el siguiente en ejecutar la suya.

¿Será Rusia consolidando su control sobre el este de Ucrania en las próximas semanas? ¿Será China aprovechando algún incidente en el estrecho de Taiwán este año?

El orden de ejecución puede variar. El reparto, no.

Conclusión incómoda

Lo más incómodo de esta lectura no es Venezuela. Es asumir que el orden internacional ya no se rige por principios universales, sino por acuerdos de fuerza entre imperios que se reconocen mutuamente zonas de influencia.

Venezuela no ha vivido una transición democrática. Ni siquiera ha vivido un cambio de régimen violento.

Ha vivido un cambio de administrador del botín mediante negociación directa entre el administrador saliente y el administrador entrante.

Maduro negoció su salida. Estados Unidos tomó el control. Rusia y China miraron sin reaccionar.

Y si alguien necesitaba una confirmación de que esto es un reparto pactado, ahí está: la ausencia de conflicto cuando había todos los motivos geopolíticos para que lo hubiera.

Trump lo ha dicho explícitamente. Solo hay que escucharlo.

Y lo que viene ahora es la siguiente ficha del dominó.

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